
Hace días que no escribo pero es que me estoy intentando imbuir en ese maravilloso mundo del Patrimonio Cultural que me trae por la calle de la amargura.
Y es que venga atesorar y atesorar a través de los tiempos... y realmente..¿ Hemos aprendido a valorar lo que nos transmiten verdaderamente los monumentos, los libros, las antigüedades?.
Yo todavía no lo tengo muy claro.
En mi caso cuando visito algún museo siempre trato de hacer el esfuerzo de imaginar cómo sería la vida en aquella época para poder entender lo que veo.Sin embargo, si uno no tiene mucho conocimiento del tema, puede ser un tanto inútil.
Bueno, este no era mi tema de hoy, ni mucho menos, pero ya sabeis que el desvarío me suele conducir por los Cerros de Úbeda.
Yo a lo que iba es a los oasis. Esos lugares en los que todo el mundo cree que está a salvo en el desierto.
El desierto de la vida es duro y a veces entre la sed y el cansancio creemos que nuestra salvación es llegar a un oasis donde seguro que nos sentiremos mejor.
No hay que olvidar que el camino más corto no siempre es el bueno, o el que nos conviene.
A veces nos podemos ver deslumbrados por espejismos que nos cegarán y no nos dejarán divisar el verdadero sentido de la realidad para tras ello conducirnos a las arenas movedizas.
Por ello, mi consejo, es cargar bien la cantimplora en casa, coger el protector solar y zapatos cómodos antes de enfrentarse a la tortuosa tarea de caminar por el desierto.
Esto nos asegurará que llegaremos a nuestro destino sanos y salvos y , sobre todo, con la mente despejada para no quedar atrapados en un oasis deslumbrados por sus espejismos ( que de ningún modo son ciertos y sólo crean confusión).
No todo lo que parece una mejor opción llega a serlo. Hay que valorar si realmente somos objetivos o es nuestra imaginación la que busca algo con lo que entretenenerse.
El oasis es un medio de evasión no la salvación de nuestras vidas.