viernes, 22 de febrero de 2013

Dubrovnik



Dal belvedere di Dubrovnik si vede il mare azzurro, un mare bagnato dai tempi, dalla storia.
Dubrovnik è una città di vizio e piacere d’estate e si addormenta d’inverno.

Le persone camminano serie per strada.

Mi chiedo perché non sorridono. Non capisco il silenzio nel mezzo di un panorama pieno di luce e colori.

Gli abitanti sono stati marinai, poeti e commercianti. Soggetti socievoli di natura, adesso diventati guide, addetti alla reception o baristi di grossi ristoranti.

Dubrovnik guarda il mare e le sue mura mi raccontano delle cose che nessuno si è domandato fino ad oggi.

Immagino le navi che partono. Le donne che aspettano i mariti, i bambini che giocano a pallone in un pezzo di verde sconosciuto.

Le bombe cascano d’improvviso.

 Apro gli occhi e mi accorgo della recente ferita ancora non guarita.

Daniela mi abbraccia e mi saluta con affetto.

Una lacrima scende tranquilla sulla mia guancia.

“Addio” le dico. E sono contenta di essere venuta qua, nel freddo di febbraio che ghiaccia i cuori degli uomini che fanno la guerra.



lunes, 28 de enero de 2013

El chico que coleccionaba posavasos


Todos hemos coleccionado algo en nuestras vidas. Algunos con convicción y otros sin saber muy bien por qué. El chico que coleccionaba posavasos nunca me quiso contar su historia. Yo sabía de todos modos que antes o después la escribiría sin tenerla que inventar.
¿Por qué posavasos? Eso también me lo pregunté yo.
Quizás porque son fáciles de conseguir, sencillos de recopilar.
En el fondo, no tiene mucho sentido apoyar un vaso en otro lugar que no sea la barra o la mesa de un bar, por lo que no estoy muy convencida sobre su practicidad. Seguramente los posavasos de los establecimientos han estado siempre ahí por motivos meramente publicitarios.
Es decir, en un bar, los camareros limpian a menudo las superficies donde los clientes apoyamos los vasos (o al menos eso nos gusta pensar) por lo que sería un poco absurdo que su uso se reduzca a  meras cuestiones higiénicas.
En fin…el caso, es que el chico de esta historia coleccionaba posavasos y le encantaba de vez en cuando, volver a observarlos y recordar el momento y el lugar de los que habían salido.
Su posavasos más antiguo era de cuando había cumplido catorce años y se había tomado su primera Estrella Galicia con sus amigos. Luego había otro de un karaoke lleno de firmas femeninas y dedicatorias que casi no se entendían. Los licores se habían caído por encima y estaba casi pegajoso.
Luego el de su primera cita con Diana ¡Cuánto le costó aquel primer beso!
Había un posavasos de su viaje a Mallorca, donde se había prometido amor eterno con una polaca de la que sólo quedó un número de teléfono, fijo, por supuesto.
Entonces, un teléfono móvil de tercera generación o  Facebook le hubieran permitido volver a contactarla…una pena que la madre de la chiquilla sólo hablara polaco.
El chico conservaba también, como oro en paño, un posavasos de un Starbucks donde se tomó un café el día en que encontró un buen trabajo. El que le permitió firmar la hipoteca de su piso y empezar a ahorrar para el futuro… El futuro…
Así pasaba el tiempo y en cada ocasión que consideraba digna de recuerdo buscaba y encontraba un posavasos.
El posavasos del día que Eva se mudó a su casa. El del primer día que hicieron el amor. Uno con el de la fecha del día en que se casarían.
Poco a poco aquel objeto se convirtió en su obsesión. Dejó de importarle lo que verdaderamente significaba.
Quería vivir, hacer cosas, solo para poder atesorar un nuevo posavasos.
Hasta que un día de enero, de frío y nieve llegó a casa. Algo muy extraño había sucedido.
Sobre el suelo de la cocina se encontraban ordenados meticulosamente todos los posavasos.
Encima de la mesa  de Ikea, un charco de sangre y el cuerpo sin vida de Eva.
En su mano un posavasos que decía:
“Espero que este sea el más valioso de tus posavasos”.
Pocos meses después, murió ahogado por sus propias lágrimas, que no fue capaz de contener ni en vasos ni en botellas.





sábado, 19 de enero de 2013

A fuego lento

Estoy en la cocina preparando croquetas y acordándome de la abuela.
El olor a cebolla me trae tantos recuerdos…
Puedo parecer una neurótica de la comida. Primero la mortadela, ahora a fuego lento… Lo cierto es que los olores (no solo de la comida) despiertan aquellos momentos que creíamos olvidados.
Sucede como con las casas. Todas tienen un olor característico y cuando entras, es la primera cosa que percibes.
El olor de las croquetas me recuerda a la abuela, a sus manitas ágiles y arrugadas ¡Yo a la abuela la conocí siempre vieja! Ella se empeñaba en enseñarme sus fotos de joven donde parecía una artista. Para mí, en cambio tenía  ojos de agua y cabellos de algodón.
Cuando era una niña, y ya no tanto, me contaba las historias de su vida: la del burro que la llevó a despedirse de su madre en el lecho de muerte, la de su hermano que regresó de la guerra para casi morir entre sus brazos, la de su padre ciego, su abuelo premio en Bellas Artes, la historia de amor de su primer novio…
Todavía no he conocido a otra persona como ella. Ponía ilusión en cada cosa que hacía. Daba bastante igual la edad que tuviera. De hecho, me sorprendió cuando la operaron de cataratas y volvió a leer el periódico.
Vivía cada día como si fuese único.
Nunca pensó que era demasiado tarde para nada.
Siempre con su delantal en medio del humo incansable de la cocina.
Solo hacía falta decirle lo que querías…
-Abuela, ¿me haces sopa con fideos?
- Abuela, me haces patatas bravas “de las tuyas”. (Es decir, con ajo, perejil y pimentón, como ella las hacía y también las bautizaba)
La abuela nos bautizó a mi hermano y a mí un millón de veces. No se sabe a qué religión pertenecemos.  No creo que a la religión de las masas.
Ella tenía su propio punto de vista sobre el bien  y el mal, sin prejuicios ni demasiados problemas. Ojalá en el Vaticano hubieran aprendido a tener la mitad de la humildad y el altruismo que ella.
Envuelvo despacito las croquetas en el pan rallado. Las veo tan ovaladas entre mis manos...
Al otro lado de los cristales empañados cae la nieve y una lágrima llega a mi corazón como un relámpago.

lunes, 31 de diciembre de 2012

La mortadela II. Adiós 2012.

Hace tiempo que mi querido hermano me pide la segunda parte de la mortadela. Y es que… podría escribir incluso un libro entero acerca de este tema.

Lo más importante es saber qué momento de la vida uno está atravesando. Es decir…
¿No te gusta la mortadela porque ya la probaste y la aborreciste?
¿No te gustaba y ahora te has dado cuenta de lo que te estabas perdiendo?
¿Te gusta sólo un tipo? ¿Con pimienta? ¿Sin ella? ¿De Bolonia? ¡Yo qué sé!
¿No te gusta en absoluto?
La mortadela son sobras de todo y  de nada, de lo que queda de uno mismo al final de un día, un mes, un año...2012.
¡Cuántos años han pasado desde los bocadillos a media tarde en el parque, cuando Ana y yo corríamos con la bicicleta amarilla.
¡Cuántas tardes de patines y de hulla-hop!
De bocadillos de mortadela que compartíamos con el perro de “Congelados Mar” que  estaba enfrente de mi casa.
Ahora me llevo el bocadillo cuando voy a trabajar.  Después de unas cuantas horas de clase, saboreo la maravillosa mortadela con la rúcula y pienso en el período de mi vida en el que no me gustaba.
Hay momentos en la vida para todo.
Hubo un tiempo en mi vida del que casi ya no me acuerdo en el que aprendí a conformarme. Un tiempo en el que no tenía ganas de cambiar nada sino simplemente de dejarme llevar.
Me costó mi tiempo aprender a ver las cosas desde diferentes puntos de vista. Todavía me queda tanto por recorrer...
No podemos vivir la vida a través de los ojos de los demás, ni dejarnos llevar por todas las opiniones externas.
Yo recibí muchas críticas por buscar mi destino, por intentar volver a sentir la emoción del comerme un buen bocata de mortadela.
Hay gente que nunca entenderá que oponiéndose al flujo de los eventos no vivirá mejor.
Reprimirá los mejores momentos de su vida, que son precisamente los de “vivir”.
Los momentos “mortadela” por excelencia:  perder un autobús, levantarse tarde y no ir a trabajar, enamorarse, desenamorarse, hacer cualquier viaje, regalar lo irregalable, proponer lo improponible,tener un hijo...
¿Y los mayas?
Entre  juego y juego de pelota ...¿qué creéis que hacían?
¿Puede que una pausa para un bocadillo de "mortadela"?
Seguramente hipercalórica y claro, insanísima pero...
¡Vámonos al 2013! Ya veremos lo que nos depara...

*Gracias a todos los que luchan por demostrar al mundo que todas las batallas no están perdidas.
Feliz Año Nuevo

Miriam

viernes, 28 de septiembre de 2012

¡!


Ondas humanas que dicen “no”

al  privilegio, la incultura,

la desinformación.

Que dicen “sí”

a la vida

que cada día nos cuesta vivir.

Derechos que quieren extinguir

por ser “humanos”,

 porque para ellos,

“la humanidad”

no está de moda.

Harta,

digo lo que quiero.

Harta,

digo lo que pienso.

En mi distancia,

no dejo de estar indignada.

Por esta ventanita,

 me asomo cada mañana

y veo sangre, sueños derramados.

Qué poco valoramos

 la inmaterialidad

que nos hace sobrevivir

en nuestra condición

 ínfima.

Mi romanticismo dice “no”

a  esta injusticia prolongada.

Dice “sí” a la primera hoja del otoño

que es el principio de una nueva lucha.



 

 

lunes, 11 de junio de 2012

Los vivos y los muertos

Hoy he estado en el cementerio.
¡Tantos nombres de gente muerta! ¡Tantas fotos! ¡Tantas flores!
Me pregunto si de verdad hay algo después de morir.
Porque la muerte física nos toca a todos pero  … ¿existe la muerte espiritual?
El otro día alguien me dijo: “hay personas que nacen viejas y se mueren jóvenes”
Es verdad, también hay jóvenes que viven como viejos.
¿Por qué la línea de la vida tiene que ser un elemento fijo?
Es decir, si aprendemos es evidente que rejuvenecemos cada día.
Más bien parece que esta historia de la juventud o la vejez no tenga nada que ver con el aspecto físico.
Las ganas de utilizar cada minuto de la vida.
En la vida hay muchos minutos, muchas horas, muchos días.
Los hay que viven obsesionados con el reloj y el mañana. Síndrome del Quiero-una-vida-feliz
Los hay que no piensan en mañana, aunque el mañana sí piensa en ellos. Síndrome de Peter Pan.
La muerte nos atrapará a todos. La muerte física quiero decir.
Da igual que acabemos en el cementerio (que al final sigue siendo una manifestación de pertenencia al grupo),  que estemos en un jarrón encima de la chimenea de una casa, seamos ceniza y volemos libres con el viento  o nos unamos con la tierra, que, al fin y al cabo, nos ha engendrado.
La cosa fundamental es alimentar el espíritu con las cosas que nos rodean.
Porque el espíritu sobrevive en el tiempo y en la materia. No se lo lleva el aire ni desaparece en medio de los agujeros negros.
Aunque no lo creáis, en mis largas horas de tren, comparto vagón con el espíritu de mi abuela.
No me da miedo. Está tan vivo como antes aunque ahora no tiene ese cuerpecito y esas manitas de algodón y de sueños.
No tenemos que tener miedo a la muerte. Tenemos que tener miedo a vivir sin sentir la vida.
Porque la vida, y más en tiempos de crisis, es todo lo que tenemos.



sábado, 5 de mayo de 2012

Martes…ni te cases…ni te pongas zapatos rojos…

Es domingo y estoy más cansada que el lunes. Correr de un lado a otro hace dos meses que se ha convertido en un ritual y la ley de Murphy a veces me persigue.
El martes fue un día terrible. Decidí ponerme unos zapatos rojos monísimos que me regaló mi madre para darme un punto de alegría y me parece que no fue la decisión más sabia que he hecho en los últimos días.
Llevaba dando clase una hora y pico con un par de chicas de Ciencias de la Comunicación, que menos mal que eran espabiladas, porque a veces le dan ganas a uno de suicidarse cuando ha repetido lo mismo con estrategias A, B y C y se da cuenta de que se tiene que inventar una D.
En fin, que allá que salió el tacón de mi zapato disparado por los aires, y, os podéis imaginar, yo con un sofocón impresionante porque tenía que llegar al centro lingüístico a pie y dar otras 3 horas allí con otro grupo.
Resolución del problema: me bajo a conserjería a buscar a Primo (un conserje muy enrollado que siempre me echa una cable con las cosas que me hacen falta). Me dicen que se ha ido ya.
Busco pegamento, grapas, no se me ocurre mucho más…
¡Los obreros! Están haciendo obras en la facultad, bajo por las escaleras cojeando con mi zapato rojo en la mano. Me los encuentro:
-Por favor, soy la profe de español y tengo un problema con mi zapato, ¿me podéis salvar? Tengo que empezar otra clase dentro de 10 minutos.
Me miran partiéndose de la risa y yo pienso: “tierra trágame”.
Finalmente, cogen la Black and Decker y le meten un par de clavos a mi zapato (me avisan de que se estropeará pero… ¡no puedo ir descalza por las calles de Macerata!
Llego al centro lingüístico contentísima, parece que todo ha ido bien…
Me han cambiado de laboratorio y no funciona nada. Las claves no entran, el audio no suena, el técnico se cabrea porque no he venido antes…
Por supuesto, no entiende que  es el único que se la rasca el 50% de las horas de su “super” trabajo. Cobra más que yo, eso sin duda, para permitirse el lujo de decirme lo que le sale de las narices.
Mis nuevos alumnos me ponen a prueba. Yo sudo y sudo y sigo sudando. Cuando consigo comenzar la clase estoy nerviosísima, ¿Por qué me pasa de todo hoy? No puedo más. Me gustaría echar a correr cuesta abajo y tomar el primer tren.
Sonrío, pienso en cómo crear el momento de empatía y… ¡allá vamos!
¡Nadie dijo que fuera fácil! ¡Pero coño!, ¿todo junto?
 Vuelvo a casa descojonada.
A veces pienso que nací un día en que confluyeron de forma muy especial los astros.
¿Tendrán algo que ver los mayas?
Una vez más sobrevivo…